Cuba Illegal Exit
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No todos los emigrados cambian

No todos los emigrados cambian
16 Mayo, 2017 9:34 pm por Luis Cino Àlvarez

Arroyo Naranjo, La Habana, Luis Cino (PD) Se preguntaba el colega y
amigo Emaro, producto de sus amargas experiencias personales, qué hace
que los que emigran se vuelvan más pragmáticos y lleguen a ser egoístas
y hasta crueles con las personas que una vez quisieron y que quedaron en
Cuba.
Discrepo con Emaro, no se debe generalizar, no sucede en todos los
casos. No todos los que emigran se toman “la Coca-Cola del olvido”, esa
metáfora que es utilizada desde hace muchos años para referirse a la
actitud de algunos compatriotas que cuando se van de Cuba pretenden
romper del todo con el pasado, incluidos los afectos, para hacer borrón
y cuenta nueva e iniciar una vida completamente diferente a la que
vivieron hasta entonces.

No es la mayoría. No olvidemos que millares de personas en Cuba
sobreviven gracias a las remesas que les envían sus familiares
residentes en el exterior. De hecho, de las remesas deriva el estado
cubano ingresos comparables a los que recibe del turismo o la
exportación de médicos.

Durante varias décadas, el régimen satanizó a las personas que se iban
del país, tildándolas de apátridas y exigiendo la ruptura de todos los
lazos con ellos. Precisamente de ahí parten muchas erróneas concepciones.

Que una persona decida tomarse “la Coca Cola del olvido” o no, depende
de sus características personales y de la formación y experiencias que
haya tenido.

En lo personal, he tenido suerte. O supe escoger bien mis amistades y
cultivarlas para que fueran resistentes al tiempo y la distancia. En mis
dos viajes a Miami he podido comprobar que mis amigos que se fueron,
excepto por las canas y las libras de más de algunos, siguen siendo
básicamente los mismos.

Fui inseparable de una pareja –se casaron en los 70, en cuanto
terminaron el preuniversitario- y había perdido su rastro desde que se
fueron, en 1990. Nos localizamos tan pronto llegué a Miami. Luego de 25
años, enseguida nos pusimos al día y todo fue exactamente como antes.
Ahora estamos en contacto a través mensajes y llamadas telefónicas. Con
ellos he vivido momentos muy felices: un concierto de los Guess Who
-¿quién nos lo iba a decir, allá por 1970, en los tiempos de American
woman?-, una de las irrepetibles puestas de sol vistas desde el muelle
de Mallory Square en Key West, o simplemente las descargas en el patio
de su casa, que ya no es en Alta Habana, sino en Miami Springs.

He llegado a entender las razones de quienes se toman la Coca Cola del
olvido. Generalmente, del pasado, uno trata de borrar lo malo y quedarse
con los mejores recuerdos. Por eso, la juventud nos parece siempre un
tiempo idílico, no importa cómo haya discurrido. Lo mismo puede pasarle
a un expatriado con su país. Y ahí está el peligro. Evocará a su
familia, sus amigos, sus amores, los lugares donde fue feliz, sus
costumbres, etc. Y puede que llegue un momento en que piense si habrá
hecho bien al irse. Particularmente si en el país donde reside no le va
tan bien como pensó que le iría.

Tal vez no le vaya bien precisamente por eso: porque vive prisionero del
pasado, esclavizado por los recuerdos, devorado por la nostalgia.
Quejoso, autocompasivo, sin sentido de pertenencia, incapaz de estar en
paz ni con el pasado ni con el presente, a merced de las pesadillas, los
auto-reproches y las culpas ajenas y propias, sin acabar de asumir sus
responsabilidades.

Conozco muchos casos así. Viven con los pies en Miami y la cabeza en
Cuba. Después que flexibilizaron las leyes migratorias, apenas regresan
de un viaje y ya están preparándose para el próximo, a fin de año o
cuando vuelvan a coger las vacaciones. Siempre pendientes de las
necesidades de sus parientes en Cuba, que aunque en muchos casos sean
exageradas – lo saben- tratarán de satisfacerlas para estar a bien con
todos y su conciencia, y también para que nadie vaya a tener dudas de
que han tenido éxito en su nueva vida.

Y así, en el empeño de ayudar a los suyos y de probar a todos y probarse
a sí mismos que hicieron bien en irse y son exitosos, tanto que se
pueden ir a vacacionar a un hotel de Varadero con sus familiares, no
logran levantar cabeza, se endeudan, no progresan. No acaban de aprender
el puñetero inglés ni se resignan a adaptarse a las costumbres de los
yanquis, particularmente a su comida rara y ese café aguado que sabe a
medicina, por no decir a rayos. Viven agobiados por el pago de los
bills, con dos y tres trabajos, extenuados, sin apenas tiempo para
pasear los fines de semana porque hay que acostarse temprano el domingo
para levantarse el lunes para ir a trabajar, sin poder cambiar el carro
de hace diez años ni poderse mudar a una casa más grande.

Y a fin de cuentas, no quedan bien con nadie, ni siquiera con ellos
mismos, porque tendrían que ser millonarios para poder resolver todos
los muchos problemas de sus familiares en Cuba, que no son solo los más
perentorios, la comida, las medicinas, el arreglo de la casa, sino
también la ropa de marca, los quince de la sobrina, el TV de pantalla
plana, el ipod, lo que necesita el sobrino que “va a hacerse santo”, etc.

El propio Emaro refiere que los parientes en Cuba de los emigrados los
toman por tíos ricos Mc Pato, con dinero de sobra para costear las
recholatas y complacer todo tipo de caprichos.

Por todo eso, entiendo también a los que temerosos de convertirse en
estatuas de sal, se niegan a mirar hacia atrás. Se han apretado el
cinto, han trabajado duro y han logrado progresar. Ahora, luego de años
de privaciones, viven más relajados. Se han aclimatado perfectamente al
american way of life, se han integrado plenamente a la sociedad que los
acogió. Hablan en inglés con fluidez, se han hecho ciudadanos
norteamericanos, votan en las elecciones, avisan sus visitas, no hablan
a gritos, no suenan el claxon ni aunque se topen con un energúmeno
cañonero en la highway, detestan el reguetón y la programación de los
canales hispanos, prefieren los noticieros de CNN a los de Univisión o
Mega TV. Y si no tienen familiares allegados en Cuba, ni se les ocurre
la idea de viajar a La Habana. ¿Para qué? ¿Para deprimirse?

Hay quien ha vuelto a visitar Cuba y ha salido destrozado, sin poder
reponerse del choque: el país que tanto añoraba es como si no existiese,
como si hubiera sido sustituido por otro peor, que ya apenas tiene algo
que ver con ellos.
Pero no todos –particularmente quienes tienen en Cuba a sus padres o sus
hijos- pueden acorazarse, vencer al gorrión y olvidar. Es muy difícil.
Sumamente difícil. Una cura de caballo, como dicen los guajiros.
luicino2012@gmail.com; Luis Cino

Source: No todos los emigrados cambian | Primavera Digital –
primaveradigital.org/cubaprimaveradigital/no-todos-los-emigrados-cambian/

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