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Los cubanos que miran a la Casa Blanca

Los cubanos que miran a la Casa Blanca
El cambio depende de todos los que no habitamos casas presidenciales
Miércoles, enero 25, 2017 | Jorge Ángel Pérez

LA HABANA, Cuba.- Aunque estuve haciendo innumerables ejercicios de
memoria, no conseguí recordar el nombre de algún conocido que prestara
atención a la mudanza de Tony Blair, aquella vez que abandonó la casa en
la que residía con su familia para alojarse en el número 10 de Downing
Street, en Londres. Tampoco tengo referencias que muestren nuestro
interés en los inquilinos y las mudanzas que se suceden en La Moncloa
cada cierto tiempo; que Rajoy o Zapatero establezcan allí su residencia
no es de nuestra incumbencia, ni siquiera porque muchos digan todavía
que España es la Madre Patria.

La mayoría de los habitantes de esta isla no se preocupan en conocer el
nombre de los ocupantes del Palacio del Elíseo. Nada aportan esos
saberes si no vamos a embadurnar el pan con fondue de queso ni a
deleitarnos con un foie gras. Menor aún es la atención que prestamos a
los inquilinos de Buckingham o de la Zarzuela, quizá porque estamos muy
preocupados por conseguir los ingredientes que vuelven tolerables los
chícharos.

Tengo un amigo que hasta puede dar el número exacto de las casi
innumerables puertas y ventanas del Palacio de Invierno, y se refiere,
entusiasmado, a su barroco isabelino; describe con deleite, quizá con
cierta envidia, las ciento diecisiete escaleras del palacio que
habitaron los zares hace ya mucho, sin embargo para la mayoría de los
cubanos ese edificio es solo aquel que fue asaltado en un ya lejano
octubre, dando inicio a una revolución que Lenin comandó y a la que
mucho debe nuestra historia más reciente. Pero a pesar de lo cerca que
estuvimos de los rusos, ellos no están en nuestro imaginario.

Hasta llegué a creer que para los habitantes de esta isla esas cosas
carecían de interés, y le achacaba como causa el secretismo cubano.
Nadie en esta isla conoce el lugar donde comen y duermen los poquísimos
presidentes que tuvimos en los últimos cincuenta y ocho años, aunque
tengo la certeza de que debíamos conocerlos, que sería bueno y más que
bueno saber como son esas “casitas”, conocer cuántos cuartos tienen y la
cantidad de agua que se precisa para dejar repletas sus piscinas.

Supongo que algún lector decidirá juzgarme, tildarme de frívolo, y la
verdad es que poco me importa que lo digan. No me resigno, quiero saber
qué vinos se cuidan en las cavas de esos palacetes tropicales que se
levantan en un sitio al que llamamos Punto Cero sin saber exactamente
donde está. Quisiera saber, porque me parece justo, los perfumes que
exhiben sus tocadores y hacen que sus cuellos huelan diferentes al mío.
Quiero saber lo que se sirve en esas mesas presidenciales que, supongo,
jamás reciben la visita del “picadillo extendido” o del “condimentado”
que nos asiste a tantos y que intoxica a mi madre.

Estoy seguro de que son muchos los cubanos que tienen, como yo, esa
curiosidad. Al parecer la falta de información nos volvió mucho más
curiosos. Y la prueba la tuve este último 20 de enero en una cola de la
panadería en la que compro cada mañana el panecito que me corresponde, y
el que le corresponde a mi madre. Si algo tienen de significativo esas
colas del pan, además de las libretas de abastecimiento, es lo que allí
se habla. Ellas mismas parecen hablar, contar la historia de la nación
cubana más reciente. Nada es más esclarecedor en Cuba que una cola del
pan y su libreta de abastecimiento, ellas son nuestro mejor periódico.
La cola del pollo también tiene aportaciones pero son muy esporádicas,
solo dos: el día que llega el pollo de población y cuando traen el pollo
por pescado.

Y fue la cola del pan de este último día 20 la más convincente de
todas. Además de la libreta en mano, descubrí otra coincidencia: todos
hablaban de la toma de posesión del presidente Donald Trump. La señora
que me antecedía habló de carne, y la expresión de su cara fue
testimonio del tiempo que llevaba sin comerla. Sería la mujer
emperifollada que venía detrás de mí quien aclaró que se trataba de un
filete bañado en una salsa de chocolate y enebro. Porque abrí los ojos
con cierta incredulidad, aclaró que se había enterado en Telemando 51, y
como si fuera poco habló de camarones en una salsa de azafrán y también
de langosta. Un jovencito uniformado preguntó muerto de risa: “¿Who is
langosta?”

Durante todo ese día, y el siguiente, y más allá todavía, se habló y se
habla de la toma de posesión del presidente número 45 de los Estados
Unidos de América; lo que no es raro porque sucede cada vez que uno
nuevo toma el poder, pero esta vez me pareció mayor el interés, y mucho
más enterados estaban todos los que escudriñaron en los noticiarios de
Miami, que pueden ver quienes pagan los diez cuc que cuesta el “cable”.
Allí se enteraron de cada uno de los detalles. Y gracias a esos canales,
los habaneros que pueden pagarlo se convirtieron en analistas en
política norteamericana.

Esa toma de posesión ha estado en el candelero todos estos días, y hasta
existen los que repiten lo que aseguró un astrólogo que supone que antes
de agosto habrá grandes cambios, que Trump crearía un caos para llegar
luego al orden, y que su gobierno sería el más parecido al de Ronald
Reagan. A los cubanos que escuché en la calle lo que más le preocupa es
la disposición que tendrá el nuevo presidente para conversar con el
gobierno cubano, y muchos rezan para que sean buenas las relaciones,
para que no venga otro divorcio.

Si el discurso oficial ha sido beligerante en todos estos años, la gente
de a pie quiere otra cosa. Esos miran “al gigante del norte” con
expectativas renovadas a pesar de los comentarios de Trump. La gente
espera que las relaciones sean mejores, y en ella ponen sus esperanzas.
Es curioso que tantos años de discordias no mellaran la esperanza de los
cubanos que sueñan con mejores relaciones. Es horrible condicionar
nuestro bienestar a las relaciones con un gobierno extranjero, pero así
ha sido desde que comenzó el siglo XX. Unos, los más poderosos, denigran
a los del norte mientras los de a pie cifran en ellos sus esperanzas. Y
los que están varados en México, en Panamá, en Cuba misma, sueñan con
poder llegar, rezan para que el nuevo presidente revoque las últimas
medidas de Obama.

Debe ser por todo eso que muchos estuvieron buscando signos en el
discurso de Donald Trump, es por eso que muchos atendieron a los
análisis de periodistas sin importar sus filiaciones porque querían
encontrar un punto medio. Todos los discursos servían para hacerse una
idea de lo que vendrá; lo mismo lo que dijo Telesur y el Noticiero de
Televisión Nacional que contraponen luego al de la prensa de Estados
Unidos. Son muchos los que condicionan su futuro a esas relaciones y
sueñan con que la Casa Blanca no tenga mano dura, que se les permita
como antes hacer el viaje, que se les permitirá establecerse en ese país
definitivamente. Y quizá, dentro de cuatro años poder presenciar una
nueva toma de posesión o repetir en sus casas de Miami el menú que
sirvan en la avenida Pensilvania.

Muy triste resulta tener esas certezas, pensar en un país en el que sus
hijos piensan en el viaje más que aferrarse a su tierra. Lo mejor sería
que en la cola del pan, en cualquier cola, se hable de la nación cubana,
que ese Palacio Presidencial de la Avenida de las Misiones, ese que está
cerca de la iglesia del Santo Ángel y donde Martí recibió el bautismo,
tenga un inquilino que lo haga bien visible para esos cubanos piensen
menos en la Casa Blanca o en un viaje que ofrezca a sus vidas. Y eso
depende de todos los que no habitamos casas presidenciales.

Source: Los cubanos que miran a la Casa Blanca | Cubanet –
www.cubanet.org/opiniones/los-cubanos-que-miran-a-la-casa-blanca/

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