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Las calamidades pueden ser fuente de optimismo?

¿Las calamidades pueden ser fuente de optimismo?
No son pocos los cubanos que prefieren la muerte, cuando lo más
importante, sin dudas, es vivir
Martes, enero 17, 2017 | Jorge Ángel Pérez

LA HABANA, Cuba.- Parecería, por las tan cacareadas “fortunas” de
nuestra historia más reciente, que habitamos una tierra dichosa, un país
lleno de bienestares y victorias. Eso es al menos lo que trató de
mostrarnos hasta hoy, y sin ningún recato, el discurso oficial. Nuestra
peor enfermedad se hace evidente en esa retórica. Nuestros padecimientos
se anuncian en ese cacareo incesante con el que se intenta hacernos
creer, como pretendió Leibniz, hace ya mucho y tras el terremoto de
Lisboa, que “vivimos en el mejor de los mundos posibles”.

Aunque pasaran más de tres siglos desde aquel desastre portugués, en
Cuba se suceden montones de fenómenos deformes, y perdónenme la
redundancia, que despiertan esa vocación de encubrimiento que exhibe con
desfachatez el gobierno de esta isla. Sin dudas abundan en Cuba los
encubridores que no siguen al mejor Leibniz; algunos son los cubanos
capaces de encubrir nuestros “terremotos”, esas desgracias que se
ocultan para mostrar en su lugar un bienestar que no existe más que en
sus cabezas, en sus casas, y lo peor es que todavía hay muy pocos
Voltaire que intenten denunciar, como hizo el francés cuando escribió
Cándido o el optimismo, estas tonterías. Sin dudas lo mejor en Cuba es
hacer una lectura en reverso.

Tonteras y necedades nos alejan cada día de la verdad;
irresponsabilidades y descaros hacen que hoy demos aplausos a lo que no
debemos, o al menos no de la forma en que lo hacen algunos, y peor ahora
que acaba de derogarse la política de “pies secos, pies mojados”. Muchos
son los aplausos que ofreció la televisión nacional desde que se diera
la noticia, pero otra cosa estuvo sucediendo en las casas, en la calle,
y en la cabeza de los cubanos más vulnerables. Por mucho que le
explicaran, por mucho que atendiera a las noticias, Rosa no deja de llorar.

Resulta que esta mujer acaba de enterarse de que su hijo y su nuera no
podrán llegar, como querían, a los Estados Unidos. Y su nieto no podrá
nacer en ese país como habían pensado. Ellos lo perdieron todo;
vendieron la casa y cuanto tenían dentro. Únicamente se llevaron algunas
muditas de ropa y el dinero que les dieron por la casa, el que fueron
gastando en el trayecto. A Yanira le fue creciendo la barriga que
acariciaba a toda hora, porque ahí estaba su hijo, quien ella creía iba
a ser ciudadano de ese país del Norte. Ahora ni siquiera sabe en que
lugar esté cuando comiencen los dolores que anuncien la llegada de su
hijo. Su abuela reza para que ocurra un milagro, para que el niño vea la
luz en el “Yuma”, y, si no queda otro remedio, que sea al menos mexicano.

Ahora todos temen a la repatriación, y Rosa dice, desde La Habana, que
es muy injusto. Ella cree que debieron anunciar lo que se haría, que
debieron poner una fecha tope. Tiene la certeza de que eso se estaba
“cocinando” desde hace rato, y sueña con que esa decisión de Obama sea
revocada y que los suyos puedan entrar a Estados Unidos, y se molesta
con el beneplácito que muestran algunos frente a las cámaras de la
televisión. Ella está molesta con quienes aprueban y se alegran con la
decisión. Rosa se pregunta por aquellos que están en el mar y que no
tienen idea de lo que les espera, incluso si es que pueden poner sus
pies mojados en territorio norteamericano.

Rosa, y yo también, cree que no hay nada mejor que vivir y morir en el
lugar en el que se nació; pero también tiene la certeza de que a veces
no hay más remedio, que en muchas ocasiones no hay otra salida que no
sea escapar, pero lo más terrible es cuando esa última puerta se cierra
para siempre, cuando el escape no es más que una utopía. Ella me cuenta
que desde que se enteró encendió velas por toda la casa con la esperanza
de que esa luz ilumine el camino de los suyos, que los santos de los que
es devota los ayude a todos, a su hijo, a su nuera, al nieto que está
por llegar, a todos esos cubanos que están varados en algún lugar sin
conocer cual será su futuro.

Y me duele decirle que no se haga falsas ilusiones, y no le digo que se
contente con el hecho de que al menos están vivos. No es lo que ella
espera escuchar, y no seré yo quien le haga perder las esperanzas. Ella
seguirá implorando y poniendo velas por toda la casa. Ella seguirá
esperando el milagro, ese que añoran muchísimos cubanos; todos esos que
están varados en una tierra que no es la suya, y muchos también que
continúan en Cuba y que esperaban el mejor momento para escapar.

En la isla, el discurso oficial arremete contra esa ley, pero jamás
cuenta porque son tantos los cubanos que veían en ella su única
esperanza. Las infinitas deficiencias de este gobierno, obliga a sus
ciudadanos a tomar decisiones que muchas veces los lleva, literalmente,
a naufragar. Son muchos los que prefirieron navegar sin rumbo antes que
perder sus esperanzas.

A los cubanos nos dictan una política que no decidimos y además se nos
exige una respuesta homogénea de vivas y socialismo o muerte; debe ser
por eso que no son pocos los que prefieren la muerte, cuando lo más
importante, sin dudas, es vivir. Ocupar todo su tiempo en vivir debía
ser el único camino de todos los hijos de esta isla, pero la realidad es
otra.

Rosa, y los suyos que ahora están en ese limbo y en espera del milagro,
deberían saber, y quizá hasta lo saben, que la supervivencia de un
pueblo depende de sus ciudadanos, pero han tenido que ocupar mucho de su
tiempo en esas rememoraciones que hace el discurso oficial en el que se
habla de un presente de gloria y de un pasado denigrante que, por
cierto, no ha podido revocar.

La política no puede reducirse a la perorata frívola, y los políticos
cubanos debían tener conciencia de que cada día se cometen idénticos
errores y que se olvidan las verdaderas necesidades de los habitantes de
esta tierra, haciéndoles pagar las secuelas de su insuficiencia. Un país
no se hace con monsergas, y todos somos culpables de la ausencia de un
plan verdaderamente integrador. Ojalá se junten en algún momento los
gritos aislados y se vuelvan uno solo. Eso sería bueno. Eso quizá
conseguiría que muchos cubanos dejen de pensar en el viaje como única
solución.

No son las leyes que promulgan los vecinos, las mismas que desactivan
luego, las que tenemos que denigrar. No son esas leyes las que nos hacen
daño. Lo más importante es mirarnos, abandonar esa levedad que impide
que nos entendamos. Debemos opinar definitivamente que no vivimos, como
pensaba Leibniz, en el mejor de los mundos posibles. Pasaron más de tres
siglos y el discurso oficial cubano sigue creyéndolo, sin reconocer que
muchos de sus hijos prefieren la muerte en el mar, a seguir viviendo en
la inopia. Ojalá se entienda de una vez y por todas que las calamidades
nunca llegaron acompañadas de optimismo. Si son tantos los que sueñan
con largarse en porque las cosas están muy mal, y la política de “pies
secos, pies mojados” no era la culpable.

Source: ¿Las calamidades pueden ser fuente de optimismo? | Cubanet –
www.cubanet.org/actualidad-destacados/las-calamidades-pueden-ser-fuente-de-optimismo/

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