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Migrantes, crisis y transnacionalismo

Migrantes, crisis y transnacionalismo
La única virtud de este lamentable suceso es que nos obliga a mirar a la
sociedad cubana desde un ángulo transnacional
Haroldo Dilla Alfonso, Santiago de Chile | 28/12/2015 10:28 am

Según pasan los días, los miles de cubanos refugiados en Costa Rica y
los cientos que pululan como indigentes por puebluchos de la costa
pacífica panameña, dejan de ser noticia.
La prensa oficial cubana menciona el asunto de pasada, como distante,
como —cito a Cubadebate— “una compleja situación migratoria creada en
ese país” (Costa Rica) alentada por el atractivo que la riqueza del
norte crea en los pobres del sur y por las disposiciones particulares
que benefician a los migrantes cubanos en Estados Unidos. Y la prensa
internacional se cansa de lo que fue un show mediático atractivo
mientras los cubanos eran vapuleados por los policías nicaragüenses. Lo
que tenemos hoy es un juego cerrado en que cada país involucrado ha
tomado una posición que neutraliza las posibles salidas que pueden
adoptar los otros y obliga a Costa Rica a digerir una situación que
califica como la más desastrosa en términos migratorios de su historia.
La complejidad del asunto, sin embargo, no radica en su perfil
humanitario. Al final estoy seguro que los cubanos hallarán la manera de
llegar a Estados Unidos o ubicarse en algún otro punto de la geografía
centroamericana donde puedan hacer sus vidas. Es posible, y deseable,
que completen sus odiseas antes que termine el año. Tienen derecho a ello.
La complejidad resulta en que el tema no es debatido, y por consiguiente
queda en manos de las interpretaciones oficialistas en las que el asunto
es descripto como “compleja situación migratoria”. Cuando de lo que se
trata es de una crisis estructural que vive la sociedad cubana, y de su
exposición a situaciones morbosas que la desgastan y la exponen a la
inviabilidad como nación.
Es cierto que ningún balance objetivo de la situación migratoria cubana
puede sacarla del contexto del llamado diferendo bilateral EU/Cuba, ni
obviar la responsabilidad que en ello ha tenido el Gobierno de Estados
Unidos. Pero dejar el asunto ahí no solo implica una parcialización
política, sino también una inmoralidad intelectual. El Estado cubano ha
usado la emigración (es decir su propia emigración, de sus ciudadanos)
como arma de chantaje político. Unas veces restringiéndola, otras veces
autorizándola, otras induciéndola mediante avalanchas humanas como
sucedió en 1980 y 1994. Y para todos los fines no ha dudado en montar
pantomimas como las reuniones de la nación con la emigración, hundir
barcazas llenas de personas indefensas (niños incluidos) o cobrar los
servicios consulares más caros del mundo.
Lo sucedido en la frontera Nica/Tica es otro ejemplo de los usos de los
migrantes: el Gobierno cubano ha inducido una crisis migratoria de
acuerdo con un gobierno aliado —Nicaragua— y ha consentido en que sus
ciudadanos fueran maltratados y golpeados en actos injustificados de
violencia. Y luego se ha desentendido del asunto desde todos los puntos
de vista, proclamando faraónicamente que estaría dispuesto a permitir el
regreso a Cuba solo de aquellos que quisieran y que tuvieran sus estatus
migratorios legalizados. Es decir, nadie.
Por otra parte, no es cierto que la emigración cubana pueda ser
explicada echando mano a disposiciones legales como la Ley de Ajuste,
pues ninguna oportunidad, por atractiva que sea, explicaría las
naturalezas francamente sandokianas de los itinerarios donde más de uno
ha dejado su existencia. Tampoco lo es que la razón para emigrar sea
simplemente económica —ninguna migración funciona de esa manera— y en
Cuba en particular, economía y política se funden en un abrazo
excesivamente afectuoso. La gente en Cuba emigra porque carece de
expectativas en un país con una economía devastada, con un sistema
autoritario y posibilidades muy limitadas de realización. Los cubanos no
solo viven mal, no pueden quejarse y no atinan a imaginar un futuro
diferente: también se aburren terriblemente.
Una de las aristas más peligrosas de la presente situación es la poca
atención brindada al asunto por quienes —sea desde la academia o el
activismo político— debieran haber aprendido la relevancia que tiene la
cada vez más evidente configuración de nuestra sociedad como un espacio
transnacional. Casi nadie ha dicho nada.
Un ejemplo de ello es el tardío e incompleto acercamiento realizado por
el proyectos intelectual crítico Cuba Posible (CP). Al efecto, CP
convocó a uno de sus conocidos dossiers
(cubaposible.net/topicos-cubanos) bajo un prometedor introito:
“Se hace urgente una solución al drama que viven estas personas y sus
familiares. Además, urge que Cuba y Estados Unidos tomen medidas
multidimensionales (a corto plazo) y estructuren una estrategia (a largo
plazo) para sentar las bases que exorcicen escenarios como este”. Y se
pidió opinión a varios personas de las que quiero referirme a tres que
son reconocidos intelectuales: Lenier González, Roberto Veiga y Pavel Vidal.
Salvo Lenier González, subdirector de CP, quien ofreció una
argumentación sistémica del asunto, discutible como todo, pero con una
encomiable vocación multidimensional que no olvidó el problema de la
democracia, el resto de las personas consultadas se colocaron a un nivel
de análisis francamente precario y unilateral.
El economista Pavel Vidal, por ejemplo, fijó la razón de la emigración
en la crisis económica y su solución en la extensión de la actividad
privada. Olvidando que la expansión de la migración hasta los niveles
insoportables de la actualidad han ocurrido simultáneamente a esa
extensión de la actividad privada. Sencillamente porque la extensión de
la actividad privada no ocurre como un agregado gratis a la economía
nacional, sino como una transformación que deja fuera a otras personas,
justo los perdedores que los economistas encandilados con el mercado ven
como un daño colateral moralmente aceptable. Y luego, finalmente, que
hay migración mucho antes de que existiera crisis, incluso en momentos
de dinamismo económico y expansión del consumo, de lo que Mariel fue un
ejemplo. Colocar migración y economía en una línea argumental sin
desvíos es una lamentable vulgarización del asunto.
Pero probablemente el caso más curioso fue la argumentación del director
de CP, Roberto Veiga, para quien el problema se resolvería con la
eliminación del bloqueo/embargo y la adopción de un carril rápido que
otorgaría poderes discrecionales al consejo de ministros para tomar
decisiones sin la venia del “parlamento”. Como si ya esto no fuera así
en un país que se gobierna con decretos, y como si ese autoritarismo no
fuera una de las causas de la crisis nacional que lanza a los cubanos a
todos los confines del planeta, y como si fuera razonable que una
institución que habla de una Cuba mejor sugiera agregar más autoridad al
autoritarismo.
Cuando observo este resultado, se incrementan mis sospechas de la
resignación de la intelectualidad insular —no importa ahora cuanto
talento resuma—frente a temas que, como este, colocan la crítica en el
patio interior. Y es una pena redoblada porque ese debate tiene lugar en
esa otra parte de la sociedad cubana que no reside en la Isla pero que
CP no convoca. Quiero solo recordar el volumen publicado por la FIU hace
tres años.
La única virtud de este lamentable suceso es que nos obliga a mirar a la
sociedad cubana desde un ángulo transnacional, es decir, como una
sociedad que trasciende los límites insulares y despliega intensos
vínculos —económicos, culturales, políticos— por diferentes puntos de la
geografía planetaria. Si no vemos a Cuba desde ese ángulo, no
entenderemos lo que está pasando ni lo que pasara en un futuro lleno de
retos. Uno de ellos es como aprovechar ese carácter transnacional en una
patria que debe ser de todos.

Source: Migrantes, crisis y transnacionalismo – Artículos – Opinión –
Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/migrantes-crisis-y-transnacionalismo-324417

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