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La revolución de los inocentes

La revolución de los inocentes
“Ya no sé qué pensar de la gente de este país”, me decía meses atrás un
conocido
lunes, junio 22, 2015 | Rafael Alcides

LA HABANA, Cuba. -“Ya no sé qué pensar de la gente de este país”, me
decía meses atrás un conocido que tuviera una experiencia sorprendente
con el relator de un cuento escuchado a un tercero.

En la primera parte de dicho cuento, una señora en el salón de espera
para la consulta del médico se declara todo un imán para la muerte. Le
han matado al marido en Etiopía, sus dos hijos, ingeniero uno y médico
el otro, salieron para Miami en una balsa, pero no llegaron, y cuando
al año siguiente su hermano el militar, arrastrado por sus dos hijos y
su mujer, repite aquel avatar, tampoco llegan. Desilusionada, entregó su
carné del partido para por lo menos darse ese gusto, placer que poco le
dura pues acababan de diagnosticarle un cáncer, todavía en radiología.

Escuchada su novedad, discutían sobre la Cuba que pudo ser y no fue,
aquella Cuba ideal perteneciente a la serie de los números negativos,
donde no hubo zafra de los diez millones ni hubo Cordón de La Habana ni
locuras de café Caturra o del plátano microjet ni, antes, la Ofensiva
Revolucionaria del ´68 cuando nacionalizaran hasta los timbiriches del
comercio privado que sobrevivieran a las nacionalizaciones del ´60, ni
hubo guerras de ultramar, por supuesto, ni afanes de hacer milagros en
pueblos lejanos cuando el milagro de desaparecer los bohíos estaba aún
por hacer en la tierra del milagrero.

Cierto, los soviéticos entonces no nos hubiesen favorecido pero tampoco
los habríamos necesitado. Llevar a cabo el programa de Chibás –decencia
en la administración pública–, adicionarle un sistema de impuestos
tan severo como el de Estados Unidos, y bendecidos por el pueblo esta
gente del gobierno, alternándose cada cuatro años, como hicieran los del
PRI en México, estarían todavía ahí pero entonces en un país sin
bohíos ni barbacoas y con la justicia social que aún nos falta realizada.

Entraba el grupo a discutir cómo pudimos dejarnos meter en tan tamaño
hueco, cuando un mulato achinado intercedió por el gobierno y por el
pueblo. La humanidad no improvisa, cumple un destino, decía. Algo muy
malo debimos de hacer los cubanos en otra vida, algo que acaso ni en
ésta reencarnación acabaríamos de pagar. Demostrando hasta donde podría
el destino ser exhaustivo con quienes le debían, contó el caso de un
pariente por la parte blanca de su familia. Algo sucedido en tiempos de
Menocal, cuando su madre era una niña.

En un pueblo de Las Villas, a un joven médico acabado de graduar se le
descompone el reloj, en la joyería de enfrente le dijeron que era algo
sencillo, la corona, pero que allí no la tenían pues con la guerra
imagínese usted, tal vez Andrés el del Gallo de Oro, y si no Cuqui el
piadoso que siempre tenía de todo; como Andrés tampoco tiene coronas,
va a lo de Cuqui el piadoso- Un mes antes, embullado por un amigo de la
universidad se ha establecido en aquel pueblito donde sólo hay un
médico, y achacoso. Todavía atiende en el hotel, pero ya a partir de la
semana que viene, según le ha escrito a su madre — que lo hizo médico
lavando para la calle (y puteando a ratos sin que él lo supiera)–,
alquilaría una casa y la mandaría a buscar para acompañarla a comprar a
plazos cuanto mueble y cacharros necesitaran ahora que al fin tenían un
porvenir. Caballeroso, le pregunta al hombre todavía joven pero gordo
y calvo que detrás del mostrador discutía con el sereno del pueblo las
noticias del frente. “¿Es usted Cuqui el piadoso?” “¿Quién lo procura?”
“Un servidor”, dice muy cumplido el médico. “Enseguida le respondo”,
contesta el hombre gordo como si lo hubiera estado esperando,
desapareciendo por una cortina y reapareciendo enseguida con un 45
niquelado cuyos seis tiros le descarga ahí a quemarropa riendo. “Ahora
–le comenta satisfecho al sereno–, tendrán que llamarme ‘Cuqui el
asesino’”. Lo de Cuqui el piadoso era porque siempre que agarraba a su
señora con otro la perdonaba.

Uno de los oyentes de aquel cuento presentóse el año pasado en la casa
de mi conocido, llegó por casualidad, andaba predicando. El pasado, ni
Dios podría borrarlo, pero el porvenir quizá estuviera en nuestras manos
redimirlo. Rezando, suplicándole al Creador tal vez fuéramos librados de
volver a nacer en la Cuba actual, caso de que en la presente
encarnación no terminásemos de pagar lo adeudado en la anterior. Era el
predicador, oh sorpresa, un antaño compañero de la insurrección, con
posterioridad profesor de marxismo, quien, luego de un minucioso balance
de la revolución paso por paso, creía demostrar con hechos lógicos e
irrefutables que el mulato de su cuento tenía razón. Nadie aquí debería
culparse: había sido el destino.

Source: La revolución de los inocentes | Cubanet –
http://www.cubanet.org/opiniones/la-revolucion-de-los-inocentes/

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