Cuba Illegal Exit
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Vivir en paz cuesta la vida

Vivir en paz cuesta la vida
Suicidarse ha sido, para muchos jóvenes cubanos, la única forma de
escapar a la tragedia que significa vivir bajo la opresión del régimen
martes, diciembre 9, 2014 | Ernesto Pérez Chang

LA HABANA, Cuba. -La reciente tragedia del suicidio de Darío Andino
León, el joven recluta de 18 años que prefirió quitarse la vida antes de
cumplir condena en una cárcel militar cubana por los delitos de
deserción e intento de salida ilegal del país, ha llamado la atención
sobre un fenómeno social alarmante que está relacionado directamente con
la política de un gobierno que condiciona los derechos humanos y las
libertades individuales al acatamiento estricto de una ideología oficial
fracasada.

Los exilios, las masivas migraciones, las renuncias a la ciudadanía
cubana y al derecho a la libre expresión, pasando por los “suicidios
sociales”, hasta llegar a la triste realidad de una tasa de natalidad
prácticamente en cero debido a la miseria que enfrentan las familias,
todos son síntomas de una misma enfermedad: la de un país que solo
avanza hacia la total desintegración, como se infiere de los testimonios
de personas que han sufrido la pérdida de algún ser querido.

“Esto, por lo que estamos pasando mi mujer y yo, es el pan nuestro de
cada día en este país”, concluye rotundamente Orestes Álvarez, un
humilde obrero de 54 años que perdió a su hija Olivia hace apenas unos
meses.

Una niña huérfana y un hogar desecho es el saldo de un acto desesperado
de una pareja de jóvenes para escapar de la miseria y para asegurarle un
futuro próspero a su pequeña

“Entré al cuarto y la encontré colgada de la ventana, con un cinto. Fue
horrible. Llevaba horas allí. Como la niña dormía con nosotros no nos
dimos cuenta hasta por la mañana. Gracias a Dios que no vio nada. Yo no
puedo dejar de pensar en eso, siempre que entro al cuarto la veo tirada
ahí, y Magali [la esposa de Orestes] solo sabe llorar. Es por la niña
que Magali se ha mantenido fuerte pero yo sé que un día de estos la
pierdo también. Está muy mal”.

José Alberto, el yerno de Orestes, había perdido el trabajo por robar
dos sacos de pienso. Los había sustraído del almacén de la empresa no
para revenderlos sino para alimentar a los animales que criaba en su
patio para fines de autoconsumo. Como anteriormente había sido advertido
por la policía, debido a un intento de salida ilegal del país, los
tribunales se ensañaron con su delito de carácter menor y, lejos de
pagar una multa, debió pasar un año en la cárcel. Cuando salió de la
prisión no encontró empleo en ningún lugar porque, a donde fuera, los
dirigentes de las empresas lo juzgaban como a un criminal. Tuvo que
meterse en el mundo de las peleas de perros para subsistir.

Nos cuenta Orestes: “ya la niña era nacida y él siempre vivía con el
miedo a que lo agarraran […]. Por eso empezaron con lo de irse del país
porque no querían criar a la niña aquí […]. La primera vez los cogieron
y perdieron todo el dinero. El jefe de sector [policía] no le quitaba
los ojos de encima, a pesar de que él también cría perros de pelea, es
un hijo de puta. Jose andaba como loco buscando hacer dinero, y mi hija
también, porque lo que gano yo no es mucho y a esta pobre criatura hay
que darle de comer, vestirla, no es nada fácil […]. Como a los meses,
armaron una balsa y se lanzaron así, como locos, sin decir nada. […] A
Olivia la rescataron casi muerta y la niña estaba deshidratada, por un
milagro se salvaron, pero de Jose nadie ha sabido nada […]. Olivia se
tiró a morir, no salía de aquí, hasta que la encontré muertecita […].
Nadie hizo nada. Aquí no vino nadie, ni médico ni nadie. Cuando la
trajeron solo le mandaron pastillas para dormirla, a pesar de lo que esa
niña pasó en el mar. Después empezaron con el lio de las citaciones y la
policía, para llevarla a los tribunales por querer llevarse a la niña en
balsa, la sofocaron sin consideración. Eso nadie lo vio, nadie dijo
nada, y aquí ya van como tres o cuatro casos en este barrio y nadie hace
nada. […] No quieren entender que la gente no quiere esto”.

Una especialista en psiquiatría, que atiende una extensa área de salud
en el municipio donde reside Orestes Álvarez, nos comenta sobre los
casos de suicidio en la localidad pero también nos solicita discreción
por temor a perder el empleo:

“Una cosa es lo que sucede en la realidad y otra es lo que reflejan las
estadísticas. Ese caso no lo atendí, aunque recuerdo lo que pasó con la
muchacha [la hija de Orestes Álvarez]. Aunque aquí no se le puede dar
seguimiento a todos los casos. Es imposible. Somos dos especialistas
para casi la mitad de este municipio. Yo, sin mentirte, recibo
mensualmente entre 30 y 50 casos de intentos de suicidio tan solo en el
área de [omitimos el nombre de las localidades]. […] Te hablo solo de
intentos y conductas, no de suicidio, y eso ya es alarmante porque esas
son las personas que vienen por sí mismas o son adolescentes que algunos
padres traen preocupados por las cosas que advierten. […] Es cierto que
muchos son adolescentes con desórdenes propios de la edad pero hay un
porciento grande de casos como esos que me hablas. Y están los que no
llegan a la consulta ni jamás salen a la luz pública porque no pasan del
interior de la familia. El suicidio es un tema tabú. Incluso en las
instituciones se trata con mucha cautela. Para no ir muy lejos, la
semana pasada hubo un soldado, en una unidad de Managua, que tomó
pastillas. Según me explicó la doctora que lo atendió, se trató no como
un caso psiquiátrico sino como una “intoxicación por fármacos”, así no
se refleja en las estadísticas. […] Por suerte no murió pero todos
sabemos que no faltará mucho para que vuelva a intentarlo si no recibe
tratamiento o si no logra irse de aquí. No aguantan más. No soportan
vivir en Cuba. Están agobiados por miles de problemas, los mismos que tú
y yo padecemos, o peores, porque hay que viajar a las provincias para
saber que La Habana sería un Edén si la comparamos con el infierno de
Oriente. […] No quieren verse en el lugar de sus padres, no quieren
regresar a sus provincias. No es como en la época de nosotros que no
veíamos nada de lo que sucedía afuera, no había revistas ni videos.
Ahora ellos ven más allá, comparan, saben que hay otro mundo. El
gobierno nos ha dejado empantanados en los años 70 y eso es criminal. No
se puede vivir en esta época con cuarenta años de retraso en las
mentalidades. […] Yo, que llevo más de veinte años en esto, no sé hasta
qué punto clasificar esos casos como suicidio. Son verdaderos
asesinatos, y que esto quede entre tú y yo porque me hacen tierra”.

El testimonio de esta psiquiatra tiene puntos de contacto con el de Juan
Carlos Porras, un joven holguinero de 23 años que pasó el servicio
militar en una unidad militar de La Habana. En los dos años de servicio
obligatorio fue testigo de al menos dos actos de suicidio cometidos por
soldados y nos da su visión personal sobre un asunto bien complejo:

“Yo jamás había venido a La Habana. Jamás me imaginé lo que vi. La veía
en la televisión pero nada más. Eso le sucede a la mayoría de los que
venimos a pasar el servicio aquí. En cuanto llegamos comenzamos a chocar
con todo. Las cosas en La Habana se ven desde otro punto de vista y
comienzas a darte cuenta de todo el trabajo que pasas en donde vives.
Mientras estás encerrado en tu pueblo piensas que pasar hambre y vestir
mal es normal pero entonces cuando ves a la gente y a los jefes viviendo
a full, comiendo y bebiendo, te das cuentas que todo es una burla, una
mentira. Comienzas a deprimirte porque sabes que eres un loco si viras
pa´trás. Están los que se ponen a luchar y vamos pa´lante hasta que
podamos pirarnos [irse del país] pero los hay que se marean, no
aguantan. […] En mi batería hubo uno que se dio un tiro. Le robó el arma
a otro soldado. Lo mató y después se mató él. Estuvo preso por robar
pistolas y bayonetas para venderlas y fugarse en una lancha. Le querían
echar como 20 años por lo de las pistolas. […] Era un chamaquito
tranquilo, no se metía con nadie, y meterle 20 años era un abuso. […] En
la misma unidad, estando yo allí, hubo otro que se empastilló y después
se ahorcó en el calabozo. Pero eso fue porque se enredó con el político
[oficial ideológico] de la unidad. El tipo era pájaro y lo obligaba a
acostarse con él y lo amenazaba con quitarle el pase, retenerle la baja.
Lo chantajeaba. El chamaco lo denunció pero no le creyeron. Eso no sale
en los periódicos. Después los mismos oficiales comenzaron a burlarse de
él y a decirle maricón y esas cosas y no aguantó. Después que se mató y
que los padres armaron lio fue que botaron al político pero no le pasó
más nada. Anda por ahí. Como todos los militares, siempre salen ganando
y no puedes decir nada porque te joden la vida”.

Mirta Padilla, residente en el mismo barrio que Orestes Álvarez, perdió
a su sobrino Alejandro Perdomo hace ya tres años. De las circunstancias
que lo condujeron al suicidio nos comenta:

“Lo crie como a un hijo cuando mi hermana falleció. Hice por él todo lo
que estuvo a mi alcance. Mi esposo también fue un padre para Alejandrito
pero los niños crecen y quieren hacer su vida y quieren tener cosas,
hacer lo suyo. En esta casa somos doce personas y solo hay dos cuartos.
Ni yo ni mi esposo podemos arreglar nada. Todos los salarios se van en
comida. Y ni así nos alcanza para comer. […] Yo no sabía que él
[Alejandro] andaba en líos de drogas. Él nunca me habló de eso. Me daba
dinero pero me decía que era por trabajos que hacía por ahí, porque él
se graduó de electrónica y era bueno en eso, y también hizo un técnico
en computación y leía cantidad, pero no encontraba un buen trabajo,
todos pagaban una miseria, así que lo dejó todo. […] Un día llegó la
policía y registraron la casa, me dejaron esto patas arriba, y entonces
fue que me enteré en lo que andaba metido. Pero él ya se había ido para
Pinar del Río con la novia para irse en una lancha. No sé lo que pasó o
si alguien chivateó pero los cogieron presos a todos. […] Eran unos
cuantos de aquí del barrio y de Los Pinos. Yo no sé lo que pasó pero,
como a los dos días, fue que vinieron para decirme que se había dado un
tiro. Durante todo ese tiempo no me dijeron nada. No me dejaban hablar
con nadie. A la novia la soltaron después, como a los tres días, y me
contó que hubo un tiroteo y que como todo estaba muy oscuro ella no vio
más a Alejandrito pero ella dice que él le decía todo el tiempo que si
los cogían él se mataba. […] Cuando vinieron a decírmelo, yo no lo podía
creer, él no era así. Era un muchacho alegre, bueno, él no era un loco
ni un enfermo mental”.

Frente a las noticias escalofriantes y a los miles de testimonios aún
por recoger, ante las comparaciones con otras realidades foráneas y las
estadísticas (la mayoría proveniente de estudios nada confiables, debido
a la política de secretismo y desinformación que siempre han practicado
los dirigentes cubanos) habría que analizar el reciente caso de suicido
del soldado Darío Andino León y de muchísimos otros jóvenes no como
sucesos aislados sino como parte de las perpetuas inmolaciones, de todo
signo, que han caracterizado a la sociedad cubana en los últimos 50 años.

Source: Vivir en paz cuesta la vida | Cubanet –
http://www.cubanet.org/destacados/vivir-en-paz-cuesta-la-vida/

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