Cuba Illegal Exit
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De balseros y rancheadores

De balseros y rancheadores
Un grupo de Guardafronteras patrulla la costa con un camión equipado con
GPS, sensores de movimiento y temperatura para rastrear emigrantes
LUZBELY ESCOBAR, La Habana | Diciembre 09, 2014

Gerardo y Agustín estuvieron dos días metidos con el agua hasta la
rodilla, entre los troncos y las raíces de la costa. Habían elegido un
punto al oeste de La Habana que apodan la terminal, por las frecuentes
salidas ilegales, pero el viaje se frustró. “Nos detectaron, yo no sé
cómo, porque fue en medio de la noche y no se veían ni las manos”,
cuentan todavía entre sorprendidos y molestos. La captura de ambos
parece deberse a un nuevo artefacto, mitad camión, mitad rastreador, que
anda a la caza de balseros.

El viernes pasado, una rara comitiva se exhibía a pocos metros de la
céntrica esquina habanera de L y 23. Dos jeeps militares, un vehículo
reacondicionado y una lancha eran mostrados a los estupefactos
estudiantes de un círculo de interés a las afueras del Pabellón Cuba.
Los adolescentes revoloteaban alrededor de los objetos y un oficial
explicaba los modernos instrumentos de trabajo para “proteger las costas
cubanas de entradas y salidas ilegales”.

Se trataba de dar a conocer a los alumnos cada detalle de la labor en
las Tropas Guardafronteras del Ministerio del Interior con la intención
de captar posibles soldados. El artefacto que describían con mayor
orgullo era un camión que una vez perteneció al servicio de mensajería
de la cadena Trasval y que ha sido adaptado por ellos mismos con GPS y
cámaras con sensores de movimiento y de temperatura. ¿Su misión?
Encontrar en medio de la maleza, la oscuridad y las olas a quienes han
decidido escapar del paraíso cubano.

En el currículo de cada uno de los integrantes se incluye no sólo el
conocimiento detallado del funcionamiento de la novedosa tecnología,
sino también la destreza en técnicas de defensa personal y
neutralización del “enemigo”. Los estudiantes parecen escuchar la
explicación con la picardía de estar a medio camino entre los buscados y
los buscadores, entre los policías de las costas y los balseros que huyen.

Apenas un par de años separan a Gerardo y Agustín de aquellos jóvenes
del círculo de interés. Quizá alguna vez se cruzaron en una esquina,
compartieron un taxi colectivo o esperaron la luz verde juntos en un
semáforo. Sin embargo, si aquellos alumnos decidieran formar parte de
las Tropas Guardafronteras, en una noche oscura como el infierno, unos
estarían en medio del mangle tiritando y otros accionarían los botones
de un artilugio ideado para cazar emigrantes. “Tenemos que retenerlos y
custodiarlos hasta que la gente de Villa Marista venga a buscarlos”,
aclara uno de los militares para motivar aún más a quienes lo escuchan
bajo el sol de diciembre de una tarde habanera.

Una joven pregunta por las armas de fuego y un hombre de boina
encasquetada hasta las orejas le cuenta que no deben ir armados a estas
misiones debido a “incidentes que se han dado, donde se han formado
tiroteos fatales”. Pero a continuación explica que tienen previsto
colocar en el camión “un arsenal para enfrentar posibles entradas de
lanchas rápidas con personas armadas o explosivos”.

Por fuera, el singular camión parece una caja gris sin detalles, pero al
traspasar su puerta lateral se encuentran un baño y un espacio que puede
transformarse en dormitorio o sala de reuniones. La mesa que sirve para
debatir los planes y las operaciones a realizar se dobla y guarda. Los
bancos se despliegan y quedan convertidos en dos literas, una a cada
lado, donde pueden dormir hasta cuatro personas. La climatización les
permite soportar las noches calurosas sin abrir la puerta, con lo que
sufrirían los insistentes mosquitos del litoral.

Llevan una cafetera, una olla arrocera y otra de las llamadas Reina, que
sirven para cocinar fuera del camión. Para ponerlo todo en
funcionamiento, llevan una planta generadora de electricidad, “así que
la corriente no es un problema”, aseguran con cierta vanidad. El alarde
de recursos no queda ahí. Cuentan que tienen “una mesa de campaña en el
remolque para armar la cocina en las afueras y una casa de campaña con
capacidad para 40 personas”. Esta última sirve para los retenidos, por
si los de Villa Marista demoran demasiado y debe dormir en el lugar de
la captura.

“Este es un camión de combate, porque nació en el combate”, se le
escucha exclamar orondo a uno de los conductores. “Es un prototipo único
en el país y se llama puesto de mando móvil”, remacha. “El jefe –cuenta
mientras señala con el índice para arriba– dice que va a hacer otro más
para adelante, pero bueno, esto lleva un financiamiento, esto lleva
recursos”.

Las noticias son pésimas para los que se evaden, porque este equipo se
comporta como si fueran verdaderos rancheadores con una obsesión. “Esto
es una rotación fija. Salimos 20 días para la costa y no tenemos relevo.
Son 20 días sin ver a la familia”, dicen, explicando las condiciones en
que trabajan.

Para atraer a las muchachas del círculo de interés, un oficial con diez
años de experiencia aclara que “en la parte de comunicaciones hay muchas
mujeres que no tienen que ir a la costa”. Ellas ríen y se sonrojan,
entonces él vuelve a la carga con que “todas las oficinas de
comunicación están climatizadas, hay muchas mujeres que hacen este trabajo”.

Sin embargo, los jóvenes después de mirar un rato el artefacto empiezan
a hablar de irse con él en unas vacaciones a la playa, con litera y
planta eléctrica. Al final una de ellas agradece con risas la
“información clasificada”, y se va calle abajo rumbo al mar. En el aire
se queda la duda sobre el próximo encuentro entre esos adolescentes y
los militares: ¿será para pedir su entrada al grupo de élite o para
suplicar que no le aprieten las esposas?

Source: De balseros y rancheadores –
http://www.14ymedio.com/reportajes/balseros-rancheadores_0_1685231465.html

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