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Agosto 1994: salvaguardar la integridad física de “los líderes de la revolución”

Agosto 1994: salvaguardar la integridad física de “los líderes de la
revolución”
Opiniones / Juan Juan Almeida
Esos hombres verdeolivos poseen un plan de evacuación para
contingencias, reunir el familión y volar.
agosto 11, 2014

El 1994 comenzó con incertidumbre y terminó en desesperanza. Varios
astrólogos coinciden en que ese año era lógico tener la equivocada
sensación de que algo inusual sucedería. Efecto que en cierta medida –
aseguran – fue causado por el incremento de la actividad solar. Más
sabiendo que durante los primeros días de agosto, ocurrieron grandes
llamaradas solares.

Independientemente de la respetable opinión de quienes todo lo ven en el
cielo. Ese año, Cuba registró el punto más bajo en la caída económica
que se venía manifestando desde la desaparición del campo socialista en
1989. Crisis que se agudizó con los factores negativos de una zafra
azucarera que apenas alcanzó los 4 millones de toneladas, y la
inoportuna, aunque lógica, aparición de una epidemia de polineuritis que
obligó a las autoridades a hacer gastos extraordinarios.

La economía sumergida llegó a registrar volúmenes de transacciones
similares al de las ventas minoristas estatales, pero con un nivel de
precios 20 veces mayor. Así que el desequilibrio financiero, el déficit
presupuestario y el exceso de liquidez monetaria en manos de la
población, convirtieron la vida cubana en un drama y se hizo común,
intentos nada convencionales de salidas ilegales. El remolcador 13 de
marzo, y las lanchas de Regla y Casablanca.

El gobierno lo sabía, esa bomba de relojería no podía hacer más que
estallar creando una nueva estampida o una revuelta social. Por ello
había ensalzado el ánimo de los militares con ascensos de categoría
realizados el 6 de junio de ese mismo año.

Pero La Habana, en agosto, se torna ciudad calurosa y la brisa que viene
del mar es el ventilador de los pobres. Por eso, el día cinco de ese
mes, una veintena de jóvenes estaban sentados sobre el muro del Malecón,
en la avenida del Puerto, cerca de Cuba y Chacón. Y no sé si por ser
pobres, o porque algunos eran negros, resultaron sospechosos y
aparecieron los camiones de la brigada especial repartiendo agresión. El
cansancio, la necesidad, la ira e incluso el agravio dinamitaron la
obediencia popular e hicieron que el grupo de jóvenes respondiera
caminando en bloque y gritando “Basta ya”, “Abajo Fidel” más todo lo que
ya sabemos y no cito para no redundar.

A ellos se le unieron otros, y a estos otros muchos más. No fue un
desorden antisocial creado por grupos de delincuentes; fue una reacción
popular espontánea, producida por las circunstancias y reprimida con
exceso de perversidad. El gobierno cubano reaccionó con brutalidad, y
contraatacó en todas las direcciones.

A fuerza de golpe, malas mañas y mucha sangre, enfrentó a grupos de
cubanos, aplastó a los manifestantes e infiltró la manifestación con
falsos manifestantes que desde adentro enfriaron el arrojo libertario.

La policía mostró sus fuerzas al pueblo, tropas antimotines con cascos,
escudos y vehículos artillados se pasearon por La Habana (especialmente
en los municipios Habana Vieja, Guanabacoa y 10 de octubre). Los
homicidas de la ley amedrentaron a todos enseñando toda una tecnología
de ejecución, dejando en la población una lúgubre, aterradora y poco
inspiradora visión.

En los medios nacionales, todos fueron obligados a exponer públicamente,
una opinión de repudio hacia lo que decidieron nombrar “los sucesos del
5 de agosto”. Tenían que vitorear aún cuando no había razón. Pero lo que
pocos vivieron fue la puesta en marcha de el “plan para salvaguardar la
integridad física de los líderes de la revolución”.

Sí, esos hombres verdeolivos que envejecieron repitiendo la falsa
consigna; “Defender la revolución hasta la última gota de sangre”;
poseen un plan de evacuación para contingencias, reunir el familión y
volar, no hacia la primera línea, sino en primera clase, donde en lugar
de trincheras, existen cómodos asientos y aeromozas que sirven champán.

Lo sé porque ese 5 de agosto de 1994, cuando el sol no alcanzaba el
cenit, recibí una breve llamada de un oficial de guardia pidiéndome
permanecer en casa, y cinco minutos después apareció el entonces jefe de
escoltas de mi padre, Raúl Romero Torreblanca, informándome que
recogiera lo esencial, porque me pasarían a buscar. Sin explicación.

No era una opción; desde hace muchos años, a los dirigentes cubanos (de
primer nivel) se les había pedido una relación de familia priorizada y,
aunque ya yo no era del agrado de la alta dirección, mi nombre aún
aparecía en la lista que había hecho mi padre.

Torreblanca se marchó, tres horas más tarde mi teléfono volvió a sonar;
posición anterior – escuché -, situación controlada.

Preguntando me enteré que no todos los dirigentes ni sus cercanos
familiares habían recibido la misma llamada, ni siquiera instrucciones
similares. Ya lo decía mi abuela “los que ladran siempre mienten”.

Source: Agosto 1994: salvaguardar la integridad física de “los líderes
de la revolución” –
http://www.martinoticias.com/content/cuba-agosto-salvar-dirigencia-maleconazo-/72049.html

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