Cuba Illegal Exit
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1994 fue un año extraordinario

Publicado el sábado, 08.16.14

1994 fue un año extraordinario
FABIOLA SANTIAGO
FSANTIAGO@MIAMIHERALD.COM

Cuando la diminuta avioneta con destino a Guantánamo despegó en el
aeropuerto de Fort Lauderdale, la manilla de la puerta me cayó en las
piernas.

Los pocos periodistas a bordo se rieron nerviosamente, viendo la
cubierta del techo rajada y los asientos dañados del vuelo de la
Aerolínea Fandango, contratada por el gobierno federal para transportar
periodistas a la base naval de Estados Unidos en el extremo sureste de Cuba.

“Espero que esto no sea un presagio”, oí decir a alguien.

El inquietante comienzo de nuestro viaje ese brillante día de 1994 fue
como un presagio, pero esa era la menor de nuestras preocupaciones.
Viajábamos para reportar el prolongado estado de limbo de los balseros
cubanos apátridas que se encontraban detenidos en una carpa-metrópolis
que el gobierno de Clinton había instalado en una remota tierra de nadie.

Ya el año había sido extraordinario.

Ese verano, furioso ante las protestas sin precedentes y coros de
“¡Libertad!” que surgían de una multitud reunida a lo largo del malecón
de La Habana, el líder cubano Fidel Castro había amenazado con desatar
otro éxodo, y lo cumplió, permitiéndole a la gente abandonar la isla por
cualquier medio.

En un desesperado esfuerzo por escapar, unos 35,000 hombres, mujeres y
niños se lanzaron al mar montados en balsas endebles y botes
improvisados. Algunos llegaron al sur de la Florida. Algunos murieron en
el intento. Pero la mayoría fue interceptada en alta mar en lo que se
convirtió en la mayor y más costosa operación de búsqueda y rescate
llevada a cabo por el Servicio de Guardacostas de Estados Unidos.

Los balseros, como se les llamó por la ingeniosa construcción de sus
embarcaciones, fueron transportados masivamente a Guantánamo y
albergados en polvorientos campamentos bajo tiendas de campaña con
nombres como Campamento Kilo, Campamento Oscar y Campamento Mike, que
luego se multiplicaron en Kilo Dos, Oscar Tres, etc., según aumentaba el
número de personas que había que albergar día tras día.

Los refugiados vivían en tiendas de campaña de color verde olivo y
amarillo en el marco de un paisaje árido bajo el más estricto reglamento
militar, y la primera vez que los visité no habían tenido comunicación
alguna con sus familiares, que no sabían si sus seres queridos habían
muerto en la travesía o habían llegado a Guantánamo.

La “crisis de los balseros” se desarrollaría en el mayor aislamiento,
excepto por las infrecuentes visitas de los medios de prensa y de los
políticos, hasta que el último cubano fue transferido a Miami por avión
en 1996.

Los balseros llegarían finalmente a Estados Unidos después de que el
gobierno de Clinton anunció el 2 de mayo de 1995 que la mayoría de los
detenidos en Guantánamo serían procesados y se les permitiría entrar al
país. Como parte del acuerdo con el gobierno cubano de restringir las
salidas por alta mar, Washington se comprometió a emitir 20,000 visas a
cubanos cada año.

El histórico éxodo también cambió la política migratoria de Estados
Unidos hacia los cubanos en lo que llegó a conocerse como“pies
mojados/pies secos”, lo cual perdura hasta el día de hoy: los que sean
interceptados en alta mar que no tengan derecho a asilo serían devueltos
a Cuba; los que llegaran a tierra firme de Estados Unidos generalmente
podrían quedarse.

Pero esa política fue sólo la consecuencia. Para mí, lo que ha quedado
es la historia humana, y nada podría haberme preparado para lo que viví
durante dos viajes como reportera a los campamentos de Guantánamo.

Me perdía sin saberlo en un mar de refugiados escuchando relatos y
ruegos de ayuda, por lo que un comandante militar, cuando me encontró,
estuvo a punto de expulsarme, gritándome que yo me había separado de mi
escolta y había violado una regla importante. Sólo el temblor de mi
barbilla y mi voz llorosa, y la ayuda de un amistoso portavoz que se
había graduado de la Universidad de la Florida como yo, me salvaron de
haber sido puesta de vuelta en ese avión y haber perdido una de las más
dramáticas historias de mi carrera.

Muchas veces contuve las lágrimas durante emotivas entrevistas con
personas desesperadas, y también en mi escritorio en Miami cuando
escribía sobre sus experiencias.

En este 20mo. aniversario, cuando se planean celebraciones y se emiten
proclamas, lo que se destaca es la perseverancia de las personas que
conocí allí y cuyas vidas en Estados Unidos he seguido durante muchos años.

Está la emprendedora esteticista de La Habana, Dunys Torres, a quien
encontré haciendo cortes de pelo con mucho humor en medio de una
epidemia de piojos en el Campamento Oscar, y que ahora es la dueña de un
elegante y distinguido salón de belleza en Homestead.

“Todavía pienso que [haber salido] fue la mejor decisión de mi vida”, me
dice. “Ahora soy aún más feliz porque soy ciudadana de este gran país.
Soy 100 por ciento cubana, pero adoro a este país”.

Está el ingeniero, Martín Barquín, que inventó un juego de tablero como
pasatiempo, sólo que en su juego llamado “Balseros ’94”, cuando caes en
un espacio, un tiburón te come o las olas te vuelcan la balsa en una
noche de tormenta, y a lo mejor que puedes aspirar es pasar la señal de
seguir (“Go”) y llegar a Guantánamo.

“Era una manera de burlarnos de nuestra tragedia en un momento en que
habíamos perdido la esperanza”, recuerda Barquín, rodeado de su familia
en su hogar del sur de Dade. Ha estado en una silla de ruedas desde que
sufrió un accidente en 1997, “pero no me puedo quejar. Soy un hombre
bendecido. Añoro mi libertad física, pero mi mente y mi espíritu son
libres”.

Y están los afligidos sobrevivientes del remolcador 13 de marzo, hundido
por botes patrulleros cubanos el 13 de julio de 1994, en el que murieron
41 personas. Uno de ellos tenía entonces 7 años y había perdido a su
madre y a su hermano cuando lo conocí en el Campamento Mike junto a su
padre, que tenía los ojos más tristes que he visto. Es alentador ver en
los medios sociales que está estudiando arquitectura.

Los niños de este éxodo — entre ellos los 78 menores que vinieron solos
y que pude visitar brevemente en un campamento especial — son
inolvidables. La más famosa de los niños, la violinista de 12 años
Lizbet Martínez, es ahora una maestra de música en Miami-Dade. Ella se
convirtió en el símbolo del éxodo cuando se colocó el violín en el
hombro y tocó el himno nacional de Estados Unidos cuando los
guardacostas rescataron a su familia.

Y la niña que me robó el corazón fue Yudelka César, que tenía 10 años.

Vivía bajo una carpa amarilla en el Oscar Tres con su familia y sus
amigos del barrio, quienes habían hecho una colecta para comprar un bote.

Yudelka me vio entrevistando a la gente y me trajo su diario. Había
escrito al dorso de pequeñas tarjetas blancas que venían con las cajas
de las comidas militares todo lo que habían pasado desde el momento en
que su madre la despertó y le dijo que se iban de Cuba.

Había juntado todas las tarjetas con dos pinzas de bolsas plásticas.

“Es nuestra historia”, me dijo Yudelka. “Llévatela a Estados Unidos y
publícala.”

En cada campamento que visité, los refugiados me llenaban los bolsillos
de notas de SOS dirigidas a sus familiares en Miami. Me pasé un fin de
semana llamando a personas para darles la noticia de que sus seres
queridos estaban bien y a salvo. A una mujer en Hialeah le leí una carta
de amor de su esposo que le aseguraba que estaba cumpliendo su promesa
de reunificarse.

Traje conmigo a Miami el diario de Yudelka y lo traduje al inglés. El
Herald lo publicó con la foto que le tomé a ella.

Yo me veía en los ojos de Yudelka y en su historia. Igual que hice yo a
su edad, Yudelka había dejado atrás a su querida abuela, su perro, sus
primos y sus amigos.

El hecho de que ella estuviera dispuesta a separarse de ese tesoro era
algo extraordinario. Muchos años después, logré volver a ver a Yudelka
en la casa de su familia en Arizona y tuvimos un reencuentro muy emotivo.

Le devolví el diario, aunque me dolió deshacerme de él. Su diario se
había convertido en una especie de talismán, una fuente de inspiración
para muchos de mis artículos, además de la razón de volver a montarme
por segunda vez en ese horripilante y desastrado avioncito y regresar a
Guantánamo para cubrir el primer viaje de los refugiados hacia la libertad.

Vi a mi regreso cómo los ingeniosos cubanos habían convertido sus
campamentos en ciudades improvisadas, sus tiendas de campaña estaban
llenas de muebles de cartón, con gavetas y decorativos tiradores. Habían
dividido con sábanas blancas sus tiendas de campaña en “apartamentos” y
ayudado a los militares a darles forma de pueblos a los campamentos con
escuelas, parques infantiles y hasta líderes electos.

Crearon arte e hicieron el amor, trayendo al mundo bebés que nacieron allí.

La historia de los balseros me ha acompañado durante dos décadas, en las
que he marcado sus destinos y recordado el ardiente sol de Guantánamo
quemándome la piel y el trinar de colibríes que me despertaban al
amanecer en una barraca militar.

Veinte años después, Yudelka está casada y es la amorosa madre de una
niña que comienza el kindergarten. Todavía nos mantenemos en contacto.

Cuando la veo bailar salsa con su padre y celebrar la ciudadanía de su
madre con banderitas americanas, y cuando me envía un poema que escribió
sobre sus sentimientos por Cuba, puedo ver por qué sienten que el audaz
riesgo que tomaron en 1994 valió la pena.

Pero me pregunto que habrá sido de un joven, Jorge Santos, que me llamó
cuando salía yo del campamento en aquel primer viaje.

“Señora”, me dijo, “si usted se encuentra con la libertad en algún
sitio, por favor mándela para acá. Dígale que hace tiempo que la estoy
buscando”.

Nunca he podido saber si Jorge por fin la encontró.

Pero abrigo la esperanza de que haya logrado forjarse una buena vida al
igual que Dunys, Martín y aquella pequeña niña que escribía en el dorso
de las tarjetas de comida.

Hubo una vez una cansada balserita acurrucada en la oscuridad de un bote
a la deriva, su destino en el limbo bajo una polvorienta carpa amarilla.
Hoy ella es parte de un mosaico de cubano-americanos que consideran que
Estados Unidos es su hogar.

“Gente sin país”, les llamaba a los balseros un titular del Herald
entonces. Pero ya, al fin, dejaron de serlo.

Source: FABIOLA SANTIAGO: 1994 fue un año extraordinario – Séptimo Día –
ElNuevoHerald.com –
http://www.elnuevoherald.com/2014/08/16/1821518/1994-un-ano-extraordinario.html

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