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Quedarse para ver el fin

Quedarse para ver el fin
Una mujer decidió, extrañamente, no marcharse del país para ver la
decadencia de quienes le robaron sus mejores años
jueves, abril 3, 2014 | Verónica Vega

LA HABANA, Cuba.-Aunque la conozco de vista, nunca habíamos conversado
tanto.

Cruzarnos en el agro mercado y un saludo fue el pretexto para
intercambiar frases de disgusto por lo absurdo de los precios: 15 pesos
una col magra, 16 un paquete de judías que Dios sabe si llega a la libra.

-Mira eso –comenta–; un solo plátano ¡tres pesos! ¿Adónde vamos a parar?

Luego me dice que no vale la pena quejarse, que todo lo que uno se busca
son problemas. “Aquí la cosa es mirar y callar. Dejar que el tiempo
corra porque al final, todos van cayendo”.

Entonces me entero de que hace años el que era su marido salió en viaje
de misión, no regresó, y se desquitaron con ella y su hijo.
El joven, excelente estudiante de cuarto año de arquitectura, fue
expulsado de la universidad por la “falta” del padre. Cayó en una
profunda depresión, ella tuvo que recurrir a psicólogos, mientras los
vecinos y especialmente la presidenta del CDR, se dedicaban a acosarla,
a presionar en su trabajo para que también fuera despedida.

El jefe, muy buena persona y que no tenía quejas de su conducta laboral,
le propuso fingir que la habían expulsado, que él, a escondidas, la
apoyaría.

Así, entre mentiras, evadiendo a los vecinos, buscando otras paradas de
ómnibus y saliendo a horas imprevistas, logró acumular los años que
necesitaba para tramitar su retiro.

Ahora hace trabajos de artesanía que vende, bien lejos de sus
intrigantes vecinos. Tiene su licencia de cuentapropista para que nadie
intente moverle el piso.

Su hijo se recupera lentamente de su vocación trunca, sus años perdidos,
del recuerdo de la apoteosis del castigo y el ridículo.
Le pregunto por qué no intentó irse del país, o al menos mudarse para
otro sitio.

Responde:

-Yo decidí quedarme para ver el fin de todos ellos.

La vida, poco a poco, le ha pasado la cuenta a cada uno: el que era de
vigilancia perdió la vista de un ojo, la mujer lo dejó; el otro
recalcitrante que se dedicaba a denunciar los que tenían negocios
ilícitos ahí está: inválido y ciego. Una de las más encarnizadas tuvo
que enfrentar la vergüenza de dos hijos ladrones, que le roban hasta a ella.

Casi todos también pasan de los sesenta. No están libres de la agonía de
la supervivencia, y en las pocas salidas de placer, una ciudad que no
reconocen (a pesar de los carteles con desteñidas consignas) los
aplasta: jóvenes irreverentes profieren obscenidades, les arrebatan el
turno en una cola, el asiento en una guagua.

Y la antigua entusiasta del CDR, entre achaques y enemigos, ve cómo los
ideales que defendió son cada vez más inconsistentes, y es cada vez más
difusa la línea entre los dos bandos.

Source: Quedarse para ver el fin | Cubanet –
http://www.cubanet.org/actualidad/actualidad-destacados/quedarse-para-ver-el-fin/

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