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Arcos

DISIDENCIA
Arcos

Luis Cino

LA HABANA, Cuba – Agosto (www.cubanet.org) – Era un héroe del Moncada,
pero murió sin homenajes oficiales. De cualquier modo, no los
necesitaba. A Gustavo Arcos Bergnes la revolución se dio prisa en darlo
por muerto. No pudo. Tuvo que esperar que la Parca se lo llevara, ya
octogenario. Él se encargó de pasar a la historia. Lo hizo con un valor
y una honestidad que resultan casi inconcebibles en estos tiempos y por
estos lares.

Gustavo Arcos nunca se enteró de su culpa. Por tanto, no pudo hacer
confesiones a sus verdugos. Profundamente religioso, sus únicas
confesiones eran con Dios. Estoy seguro que el Señor perdonó su único
pecado: haber matado a un hombre en combate.

Fue la madrugada del 26 de julio de 1953, en el Cuartel Moncada, en
Santiago de Cuba. Arcos llegó a bordo del segundo carro. Cuando saltó
del auto resbaló y cayó al piso. Disparó desde allí contra el soldado
que lo había descubierto y le estaba disparando. Lo hirió en el vientre
y en la espalda. Gustavo mató al soldado. Fue el primer y último hombre
que mató.

Siempre lo persiguió el rostro del soldado muerto. También lo siguió la
acusación de ser culpable del fracaso del ataque al cuartel. Sólo por
haber sido el primero de los asaltantes en disparar. Como si aquel
asalto, planeado casi como una misión suicida, no hubiera estado
condenado siempre a fracasar.

Fidel Castro nunca lo perdonó. Lo acusaba de haberlo echado todo a
perder con su imprudencia. Gustavo Arcos, que no se quedaba callado,
culpaba a Fidel Castro del desastre del Moncada por su empecinamiento en
manejar sin espejuelos. Juntos fueron a prisión y luego al exilio en
México, pero nunca lograron ponerse de acuerdo.

Una de las heridas del Moncada afectó seriamente la columna vertebral de
Gustavo. Su pierna izquierda quedó lisiada para siempre. No pudo viajar
en el Granma. Su hermano Luis murió en el desembarco. Gustavo continuó
buscando armas para los revolucionarios en el exterior.

Regresó a Cuba en 1959. En septiembre lo nombraron embajador en Bélgica.
Destinarlo a Bruselas era una forma de salir de él. Permaneció allá
hasta 1964, ajeno a todo lo que tramaban a sus espaldas. Gustavo no
sabía de intrigas y creía en la amistad. Cuando lo llamaron a La Habana
para consultas, se rumoraba que lo trasladarían a Roma.

En 1965 lo condenaron a 10 años de privación de libertad. Sin causa ni
veredicto. Cumplió cinco en la cárcel y cinco de prisión domiciliaria.

A inicios de 1982 regresó a la cárcel. Por intento de salida ilegal del
país, lo condenaron a 14 años, y a su hermano Sebastián a once años de
prisión. Gustavo cumplió casi la mitad de la condena, Sebastián salió
terminalmente enfermo.

A fines de los años 80, ambos se unieron al Comité Cubano Pro Derechos
Humanos. Gustavo siempre había sido un disidente, desde 1953. Su fe y su
honestidad fueron las principales armas de Arcos, “un hombre, en el buen
sentido de la palabra, bueno”.

Quien lo visitó alguna vez en su terraza del Vedado, rodeado de plantas
y jaulas de pájaros, bebiendo a sorbos lentos un jugo de naranja, bajo
la mirada atenta de su fiel Teresa, no podía adivinar tan recio hombre
en un anciano lisiado y enfermo.

Por si las dudas, Gustavo hablaba despacio, sin parpadear, lo que era
preciso hablar. Sólo eso. Nunca fue de los que hablan de más.

Lo sorprendió la muerte un día cálido de agosto. Quiso que su cuerpo lo
cremaran. Prudente, no quiso que su sepelio sirviera de pretexto para la
represión. Gustavo sabía que ahora es cuando más necesarios, unidos y en
la calle, han de estar los opositores.

Guillermo Cabrera Infante fue su amigo, en Bruselas y La Habana. Lo
conocía bien, pero se equivocaba cuando lo definió como “un hombre sin
imaginación”. No fue uno de los héroes que devoró la Revolución. Gustavo
Arcos Bergnes, olvidado de su pierna izquierda, corrió veloz hacia el
futuro e imaginó una patria mejor.

http://www.cubanet.org/CNews/y06/ago06/21a5.htm

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